La tragedia de Lampedusa

El ciclo de la muerte para los inmigrantes y la vergüenza para los gobiernos de Europa capitalista.

por Hugo Cedeño

Seguro que muchos de nosotros y otra parte del planeta tierra nunca habíamos escuchado hablar de Lampedusa. Es una paradisiaca isla a la cual sus visitantes aprecian por sus playas y arenas finas y blancas, sus aguas color turquesa y excelente entorno para los millonarios acudir a bucear. Se encuentra entre Malta y Túnez del mar mediterráneo. Geográficamente forma parte del continente africano pero políticamente al de Europa, específicamente a Italia. Apenas residen unas cinco mil personas a quienes no les gusta recibir inmigrantes africanos para evitar molestias en su vida cotidiana.

Ahora tenemos nociones de la Isla porque la prensa mundial no ha podido ocultar que más de cuatro ciento ciudadanos y ciudadanos africanos y africanas fallecieron al naufragar las frágiles barcazas en la intentaban llegar a la isla huyendo a la situación económica y política de sus respectivos países. Eso ocurrió los días l3 y 10 de octubre respectivamente. (El País de España, viernes 11 de sept del 2013

La mayoría de los fallecidos eran de Eritrea y Somalia. Incluye a decenas de niños, niñas y mujeres embarazadas. En algunos casos el mar se llevó a todos los miembros de una familia.

La escena fue indescriptible y difícil de creer para los que observaron los cadáveres que poco a poco fueron llegando a la costa o los que flotaban en el mar. A algunos de los que leemos sobre el acontecimiento nos invade la tristeza, la rabia e impotencia.

Es una hecho más de los tantos ocurridos. No únicamente en esa zona, sino también en España. Ahí, entre Ceuta y Gibraltar, navegando en frágiles embarcaciones centenares de africanos intentan llegar a sus costas, como los que salen de República Dominicana hacia Puerto Rico, o de Haití a Miami y Santo Domingo, de México a Estados Unidos por Rio Grande y donde quiera que haya fronteras que separan un país de otros con mejores condiciones económicas.

Hay culpables. Entre los principales están los colonialistas responsables del empobrecimiento de los pueblos saqueados con apoyo de las castas locales que se benefician de la migaja que dejan los monopolios imperialistas.

Las naciones imperialistas tienen apellidos: Italia, Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Portugal, Holanda, quienes se asentaron en áfrica y América y cargaron con todo lo que pudieron.

Un siglo después, cuando los empobrecidos habitantes de los pueblos colonizados llegan a sus costas o territorio firme, son acusados de depredadores y carga social para sus naciones.

Gobiernos, políticos, medios de comunicación, empresarios, funcionarios, se vuelven intolerantes para todo aquel o aquella que no sea parte de su guetto nacional, porque de esa manera pueden achacar a los extranjeros la culpa de su situación interna sin tener sentimiento de culpabilidad.

Son los mismos que en la post guerra promovieron la migración hacia su territorio para levantar la economía devastadas por los enfrentamientos bélicos. Necesitaban mano de obra barata y resistente por estar acostumbrada al trabajo.

Pero ahora, que su economía tiene una grave crisis que ni siquiera puede satisfacer las necesidades de sus habitantes proletarios y de clase media toman medidas compulsivas para que nadie les moleste cuando duermen, si es que puedan.

Tragedias como la de Lampedusa hacen recordar lo que hizo en República Dominicana el Tribunal Constitucional, que de manera abusiva decreta que los nietos, nietas, hijos e hijas, de los haitianos y haitianas que llegaron al país hace más o menos un siglo y que fueron recibidos plácidamente por gobiernos y empresarios azucareros y agrícolas, queden sin ciudadanía para convertirlos en apátridas.

Tragedia como la de Lampedusa obligan a pensar y repensar que hay que cambiar de raíz el horrible sistema capitalista para construir un nuevo tipo de sociedad basada en el respeto a la vida humana y la solidaridad entre los pueblos y donde el ejercicio de la democracia sea mil veces superior a la que hoy nos ofrecen quienes tienen el poder de controlar a la humanidad según los intereses y conveniencias de un 1 por ciento de los habitantes del planeta.