“Nuestra salud no está a la venta”
Un barrio del sur de Los Ángeles se rebela contra las prácticas racistas de perforación
Jordana Sardo
volume:  
volume 37
issue 4
August 2016
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Unos niños caminan a su casa en Wilmington bajo las imponentes chimeneas de una refinería cercana. Photo: Jesse Marquez

El descubrimiento del “oro negro” en Los Ángeles en el siglo XIX, dio lugar a un paisaje urbano en el que las plataformas de perforación gigantes proyectan su sombra sobre barrios enteros. A medida que la industria del petróleo se expandió también lo hicieron las plataformas. Las sucesivas generaciones crecieron con esta industria venenosa al lado.

Hoy día, mientras que la población de la ciudad crece, las grandes empresas petroleras recurren a métodos de extracción cada vez más nefastos, como la “acidificación”.

La aguda discriminación racial y económica en la aplicación de las leyes ambientales de la ciudad pone en riesgo a las comunidades de color.

Wilmington es la más afectada. En ninguna parte es este escenario tóxico insostenible más claro que en Wilmington, al sur de Los Ángeles, donde la gran mayoría de los residentes son latinos. Wilmington es el hogar del tercer mayor campo productor de petróleo en los EE.UU. También tiene una de las tasas más altas de cáncer en California. Las hemorragias nasales, el asma y otras enfermedades respiratorias son comunes.

Los organizadores de justicia ambiental han dicho durante años que las personas pobres y de color están desproporcionadamente expuestos a los peligros ambientales en los EE.UU. Este es el caso de Los Ángeles, donde el 91 por ciento de las personas que viven dentro de un cuarto de milla de los sitios de perforación son personas de color.

Aunque la ciudad exige que los sitios de perforación en la más próspera zona oeste utilicen plataformas eléctricas más limpias y silenciosas, las plataformas de diesel sucias y ruidosas dominan el sur de Los Ángeles.

Un estudio reveló que 130 escuelas, 184 guarderías y 213 residencias de ancianos — casi 628,000 residentes — viven dentro de una media milla de un pozo activo con una exposición significativa al aire tóxico.

Wilmington es también el hogar de la población más joven de Los Ángeles. Los niños viven y juegan junto a los pozos de petróleo y gas, donde los malos olores, la quema de gas, el polvo aceitoso, el ruido, el tráfico de camiones diesel y las vibraciones perjudiciales para la fundación son parte de la vida diaria.

Ángel Ocegueda, un adolescente que vive cerca de uno de los sitios de perforación de Wilmington, declaró: “Ha habido cambios en otras comunidades, pero aquí mis pulmones se sienten pesados, mis paredes tiemblan y las plantas de mi familia se están muriendo. ¿Por qué no estamos invirtiendo en mi futuro?”

Otra residente, Sofía Romero de 28 años, sufre de problemas respiratorios y tos crónica. Uno de sus pulmones se colapsó poco tiempo después de que se mudó cerca de un punto de perforación. A veces el olor a huevo podrido en el agua del grifo hace que sea imposible de beber y miembros de la familia se duchan tapándose la nariz.

La perforación constante llena de agentes carcinógenos el aire en el área de Wilmington. El ácido clorhídrico se transporta y se bombea en el suelo. El benceno, un agente de perforación común, causa una enfermedad neurológica y cáncer.

Los ecologistas y los residentes se unen. Pero en este infierno un movimiento de protesta está echando raíces, junto con el florecimiento de jóvenes activistas que se vinculan con las luchas de raza y justicia ambiental.

En mayo, 2,000 personas se manifestaron en el edificio de la Administración del Condado, poniendo flores en los escalones para conmemorar a los angelinos que han muerto de cáncer y otras enfermedades.

La marcha para “liberarse de los combustibles fósiles”, fue parte de las protestas internacionales en torno al cambio climático. Pero en Los Ángeles, una importante demanda era también que se detuviera la perforación en el barrio y que se hicieran cumplir las leyes para proteger a las comunidades de los efectos de esa industria.

En noviembre de 2015, una coalición de jóvenes y grupos ambientales presentó una demanda contra la ciudad para conseguir la aplicación uniforme de las regulaciones estatales que requieren una revisión de toda perforación en áreas residenciales urbanas.

En la demanda se afirma que Los Ángeles permite que las compañías petroleras pasen por alto la Ley de Calidad Ambiental de California 1970 (CEQA). Los planes para la perforación en barrios de bajos ingresos son evaluados de forma menos estricta que los de los barrios más ricos — ¡si es que se evalúan!

Las solicitudes para la perforación también se conceden con desprecio racista e imprudente hacia los residentes de Wilmington, muchos de los cuales viven a menos de 28 metros de equipos con poca o ninguna supervisión.

El aumento de la resistencia está dando sus frutos. En julio, un funcionario de la ciudad rechazó el plan de una compañía de petróleo para quemar gas cerca de un complejo residencial. En junio, el abogado de la ciudad cerró un campo de 8,000 metros cuadrados de propiedad de la Arquidiócesis Católica.

La demanda para detener la perforación en los barrios desafía los beneficios de una industria de gran poder. Los Ángeles, con el campo petrolero más grande del estado, con razón ha sido llamada zona cero de la lucha climática de California.

Al relacionar la lucha para salvar los barrios contaminados con la lucha climática, jóvenes activistas de color están dando nueva vida al movimiento ambiental. Su declaración de que “nuestra salud no está a la venta”, tiene el potencial de reavivar la lucha contra el calentamiento global a niveles radicalmente nuevos.

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• Existen más de 5,600 pozos de petróleo activos en el Condado de Los Ángeles.

Noventa y un por ciento de los residentes que viven dentro de un cuarto de milla de los sitios de perforación son gente de color.

Seis de las 10 refinerías petroleras del Condado de Los Ángeles se encuentran en el pequeño barrio de Wilmington.

• Wilmington cuenta con una población de 54,000 personas y un área de alrededor de 23 kilómetros cuadrados.


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