Éxodo de niños de América Central
Victor Hugo Orellana
volume:  
volume 35
issue 5
octubre de 2014
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Victor Hugo Orellana

Sesenta mil niños de América Central cruzaron la frontera México-Estados Unidos y, por unos días, el mundo desvió la vista de la guerra en el Medio Oriente y los problemas entre rusos y ucranianos y pusieron atención.

No eran niños cualesquiera. Aunque algunos de ellos estaban todavía en pañales, tenían los poderes más inusuales . A medida que se corría la voz de su llegada, crecía el caos. Los enemigos se movilizaron para enviarlos de vuelta a la barriada de donde habían venido. El presidente Obama derramó lágrimas de cocodrilo mientras calculaba el costo de albergarlos y alimentarlos. Los abogados hablaron de cerrar las lagunas legales lo suficientemente grandes que niños de cinco años pudieran cruzar. Incluso los presidentes generalmente lacónicos y bien vestidos de México y América Central se apresuraron a la Casa Blanca para fotografiarse, deseosos de ocupar el lugar de los niños en los noticieros de la noche.

Mientras que los conductores de radio parloteaban acerca de los peligros de los terroristas en triciclos, muchas personas actuaron conmocionadas y sorprendidas de que los niños hubieran llegado tan lejos, casi siempre solos, por dicho territorio peligroso. Parecía que los EE.UU. padecía de un caso grave de amnesia masiva.

¿El público no recuerda nada acerca de las guerras civiles en El Salvador , Guatemala y Nicaragua? ¿De las dictaduras respaldadas pro los EE.UU.? ¿Del golpe de Honduras bendecido por San Obama? ¿De la invasión por parte de EE.UU. de Panamá ? ¿No tenían ni idea de dónde provenían sus plátanos de a 60 centavos por libra y a qué costo? Al parecer, no.

Parecía que 60.000 niños habían salido de la historia y habían entrado en la conciencia de Estados Unidos para recordarles a los yanquis que el Destino Manifiesto ha entrelazado nuestros destinos.

Consideremos el caso de Guatemala. En 1954, la CIA orquestó un golpe de Estado contra el presidente Jacob Arbenz Guzmán porque había empezado a distribuir tierra a los campesinos en apuros. Este acto desafió el dominio de la United Fruit Company, el mayor propietario de tierras en Guatemala. Amigo de los macartistas del Departamento de Estado, su explotación de la gente no tenía límites éticos ni legales.

El golpe de Estado dividió al ejército guatemalteco. Algunos agentes fueron cooptados por la CIA; otros ayudaron a lanzar el movimiento guerrillero, al darse cuenta de que las condiciones de los campesinos indígenas eran insoportables. Esto desató una guerra civil de 36 años de duración en la que muchos murieron. En 1996, las dos partes firmaron acuerdos de paz, pero la paz seguía siendo difícil de alcanzar.

En cambio, los acuerdos produjeron otro tipo de guerra. Muchos de los niños pequeños y traumatizados de la época, así como los adultos jóvenes con las cicatrices de la guerra fresca sobre su piel, huyeron hacia el norte y se refugiaron en el romanticismo de la cultura de las pandillas en las grandes ciudades como Los Ángeles y Chicago.

Durante la primera década que estuvieron involucrados en las pandillas, se vieron enredados en el sistema judicial de Estados Unidos e involucrados en la cultura carcelaria. Esto fue seguido, tarde o temprano, por la deportación a Guatemala u otro país centroamericano destrozado por la guerra y el libre comercio. Una vez en casa desataron lo que habían aprendido en la vida de las pandillas: la extorsión (conocida como "impuestos de guerra"), el alistamiento de niños para actividades delictivas y el terror causado en los barrios pobres. Todo esto en las comunidades donde la población trataba de vivir una vida digna, ya de por sí castigada por las guerras y el desfile interminable de los gobiernos corruptos.

Entonces Obama comenzó la deportación de cerca de medio millón de personas al año. Las familias que tratan de rehacer sus vidas de nuevo en una tierra extranjera fueron re-traumatizados y divididos por las redadas de ICE en los autobuses, las escuelas y los hogares, y en las paradas de tráfico. En ese momento había más huérfanos a ambos lados de la frontera.

En Centroamérica, estos chicos se unieron a otros que se quedaron sin familia debido a los delincuentes, la pobreza o la política del gobierno. Salieron de sus países de origen listos para hacer lo que tenían que hacer para encontrar una vida mejor. Ellos sufrieron el hambre y el abuso en su camino hacia el Norte. Y el haber sido relegados dañó sus jóvenes mentes como los Dalits (intocables) de la India, una vez que llegaron, después de haber sufrido semejante odisea. Pero, a pesar de eso, fueron mermando la política de deportación masiva de Obama y la revirtieron.

Resultó que hay algo más fuerte que el imperialismo norteamericano. Es el hambre de los niños de seguridad, de un techo sobre sus cabezas y, sobre todo, del amor de sus familias. Los empujó a través de montañas y ciudades, a través de desiertos y ríos. Por eso se cuidaron los unos a los otros.

Las curitas y los arreglos temporales de las ONGs no detendrán este éxodo. Más niños están dejando su país hoy para hacer el viaje hacia el Norte y más aun saldrán el día de mañana. Hasta que no haya justicia en nuestro hemisferio, los niños no conocerán la paz.

Originalmente de Guatemala, Orellana es ahora un ciudadano estadounidense que trabaja con la juventud como empleado público. Envía tus comentarios a FSnews@mindspring.com.

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