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Los brasileños rechazan el una vez popular, Partido de los Trabajadores
Políticos corruptos se ponen de acuerdo con el capital internacional para destituir a la presidenta
Guerry Hoddersen
volume:  
volume 37
issue 6
diciembre de 2016
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La presidenta destituida Dilma Rousseff del Partido de los Trabajadores (derecha) y su sustituto, el antiguo vicepresidente y rival político, Michel Temer. Foto: Pedro Ladeira/Folhapres

Después de 13 años en el poder, el Partido de los Trabajadores de Brasil fue rechazado sin más por la población en las masivas manifestaciones de primavera. Esto abrió la puerta a la eventual destitución de la presidenta Dilma Rousseff en agosto. Fue una caída rápida, pero constitucional, del poder de la sucesora elegida del ex presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva.

Aunque no fue un golpe de Estado en el sentido estricto de la palabra, equivalió a la expulsión de una presidenta democráticamente elegida a través de la colusión de los grupos empresariales brasileños, los magnates de derecha, los partidos políticos neoliberales, las iglesias evangélicas, Wall Street y el poderoso poder judicial brasileño.

El telón de fondo de estos eventos es la peor recesión brasileña en tres décadas combinada con escándalos de corrupción masiva que han mermado la confianza del público y la paciencia con el establecimiento político, incluyendo el Partido de los Trabajadores.

Irónicamente, el enjuiciamiento de Rousseff dio lugar a que el vicepresidente Michel Temer, del Partido del Movimiento Democrático Brasileño de centro-derecha, se convirtiera en presidente. Temer es uno de los políticos más repudiados en Brasil y se le impedirá postularse a la presidencia durante ocho años debido a prácticas de campaña ilegales. Una vez instalado en el poder, no perdió tiempo haciendo una peregrinación a Wall Street para asegurar a los inversionistas extranjeros que están abiertas las puertas de las enormes reservas de petróleo de Brasil y de las propiedades nacionalizadas.

Hoy está claro que la clase trabajadora brasileña invicta y los pobres se enfrentan a una gigantesca batalla para salvar las reformas implementadas por el Partido de los Trabajadores y para proteger las riquezas naturales del país de los conquistadores del libre comercio y sus colaboradores brasileños.

El camino hacia la destitución. La caída de Rousseff fue un dramático cambio de fortuna para el socialdemócrata Partido de los Trabajadores. Hace sólo cinco años, se predijo que Brasil superaría a Francia y Gran Bretaña para convertirse en la quinta economía más grande del mundo. Y cuando Lula da Silva dejó el cargo en 2010, éste contaba con un 80 por ciento de aprobación.

La popularidad del Partido de los Trabajadores descansaba en la combinación de una economía en expansión y un conjunto de reformas de bienestar social que proporcionaban pagos en efectivo a los pobres así como programas de salud y educación financiados con fondos públicos.

Incapaz de postular a candidatos presidenciales victoriosos, una sección de la clase capitalista brasileña hizo una alianza para gobernar con el Partido de los Trabajadores. A cambio, Rousseff hizo a Michel Temer su vicepresidente. Sin embargo, este matrimonio político de conveniencia se vino abajo cuando Rousseff anunció que trataría de mantener los yacimientos de petróleo descubiertos en 2007-2008 (los más grandes de América del Sur) bajo el control de Petrobras, la compañía petrolera estatal. También ayudó a aprobar leyes para garantizar que los ingresos de Petrobras se siguieran destinando a programas sociales.

A Wall Street esto no le hizo ninguna gracia. Chevron, Shell y Exxon Mobil querían participar en la bonanza del petróleo. En su lugar, Petrobras recurrió a acuerdos conjuntos de operación con firmas petroleras chinas que estaban dispuestas a darle a la compañía estatal un 30 por ciento de participación en lo que encontraran.

En 2010, los documentos WikiLeaks de Chelsea Manning revelaron que los Estados Unidos estaban tratando de influir en las elecciones presidenciales apoyando a un candidato que pedía la privatización de Petrobras. Tres años más tarde, Edward Snowden publicó los archivos de la Agencia de Seguridad Nacional que mostraban que los Estados Unidos habían espiado más a Brasil que Rusia y China interceptando los teléfonos de Rousseff, leyendo sus correos y espiando a Petrobras.

Rousseff acusó a Washington de tratar de obtener información privilegiada que ayudaría a las compañías estadounidenses en una próxima subasta de los grandes yacimientos petrolíferos de Petrobras. Al final, los Estados Unidos boicotearon la subasta y Globo, una poderosa firma derechista de medios de comunicación, lanzó un ataque de propaganda contra Petrobras.

Estos fueron los disparos de advertencia en el asalto al régimen de Rousseff.

Ira en el Partido de los Trabajadores. En 2014, salió la noticia de una operación de corrupción masiva conocida como Operación Lavado de Coches involucrando miles de millones de dólares, la cual consistía en sobornos de contratistas de construcción a ejecutivos y políticos de Petrobras, muchos de ellos funcionarios del Partido de los Trabajadores que utilizaron el dinero para las campañas electorales. Rousseff nunca fue acusada de haberse beneficiado personalmente de la operación Lavado de Autos, aunque estaba en la junta directiva de Petrobras y parece probable que supiera algo.

El escándalo de corrupción dio lugar a grandes manifestaciones de protesta durante dos años.

El 13 de marzo de 2016, 3.5 millones de personas llenaron las calles de 326 ciudades para protestar contra el régimen de Rousseff que fue, según informes, la mayor movilización en la historia del país. La proporción de manifestantes de clase media era alta, aunque los obreros y los pobres hicieron oír sus voces también. La ira por la maltrecha economía (9.34 por ciento de inflación y 11.2 por ciento de desempleo), la retirada del Partido de los Trabajadores en algunos frentes, la parálisis del gobierno y el temor por el futuro enaltecieron a los manifestantes.

Las fuerzas de la derecha se movieron rápidamente. Dos semanas después de las masivas marchas, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño se retiró de la coalición gobernante dejando a Rousseff sola en esa situación. El 6 de abril, una comisión especial publicó un informe recomendando su destitución. El 3 de mayo, el fiscal general de Brasil autorizó una investigación de Lula da Silva por corrupción en Petrobras.

Rousseff fue suspendida de su cargo el 12 de mayo por 180 días y llevada a juicio en el Senado el 25 de agosto. Es autora de tres decretos en 2015 que aumentan los gastos del gobierno sin el consentimiento del Congreso. El 31 de agosto, los miembros del Senado, el 60 por ciento de los cuales son acusados de corrupción, votaron por enjuiciar a Rousseff por 60 a 21. Dos horas más tarde, Temer fue oficialmente inaugurado como presidente y anunció un gobierno de "salvación nacional".

La polarización aumenta. Temer no perdió tiempo para nombrar a un gabinete de puros hombres blancos, incluyendo a un general entrenado durante la dictadura brasileña y un ministro de finanzas que pasó 28 años en un banco de los Estados Unidos. Ya el Congreso está considerando una enmienda constitucional que congelaría el presupuesto para el gasto público hasta 2037, lo cual obligaría a todos los futuros gobiernos a limitar los gastos para la salud, educación, bienestar social y servicios públicos. La burguesía teme que el Partido de los Trabajadores pueda regresar y quiera impedir el retorno de la socialdemocracia.

Mientras el gobierno se mueve hacia la derecha lo más rápido que puede, la clase obrera no ha sido derrotada. Más bien, los trabajadores y otros grupos oprimidos están disgustados con la política electoral burguesa; las elecciones municipales celebradas en octubre tuvieron la mayor tasa de abstención en la historia del país.

La acción callejera es otra cosa muy distinta. En las protestas que se llamaban "primavera feminista" de Brasil en octubre participaron cientos de miles de personas y exigieron que el Congreso cesara sus ataques a los derechos reproductivos, incluyendo una pena más alta por el aborto a raíz del virus Zika. Y los estudiantes de secundaria están ocupando 500 escuelas en todo el país denunciando a Temer.

Habrá mayor resistencia contra la derecha con el paso del tiempo. La austeridad es la única respuesta del neoliberalismo a una economía enferma y luchar es la única respuesta a la austeridad.

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