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Dónald Trump y el año del voto peligroso
¡No te pongas de luto, organízate!
Andrea Bauer
volume:  
volume 37
issue 6
diciembre de 2016
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Miles de personas se manifiestan contra Trump en el centro de Los Ángeles el 9 de noviembre cantando “No es mi presidente” y “Respeto a todas las mujeres”. Thousands of anti-Trump protesters march through downtown Los Angeles on Nov. 9, chanting “Not my president” and “Respect all women.” Photo: Ringo Chiu / AFP

Una cuestión está clara después de la victoria de Donald Trump: nada está resuelto. A pesar de los predecibles llamados por parte de los demócratas y republicanos por la unidad y la harmonía, la polarización reflejada en estas elecciones sólo se está agudizando.

Las protestas comenzaron inmediatamente con la noticia de la elección de Trump. El lema popular y el canto “no mi presidente” son testimonio de un rotundo rechazo hacia la reconciliación con Trump y el fanatismo que representa. La indignación de los manifestantes contrasta radicalmente con la serenidad con la que los demócratas aceptaron el resultado antidemocrático de una contienda presidencial que realmente ganaron, ¡por un millón de votos aproximadamente!

Los ataques verbales y físicos en los grupos difamados por Trump han aumentado. Los desconocidos les gritan a los inmigrantes y a las personas nacidas en los Estados Unidos de color que “regresen de donde vinieron”. Las suásticas y el lema “América blanca” aparecen en las fachadas de los edificios. Las mujeres musulmanas que llevan el yijab son amenazadas y agredidas.

La necesidad de una respuesta es urgente, y ya ha comenzado. Pero si hemos de luchar eficazmente, debemos analizar lo que realmente sucedió en estas elecciones y por qué.

Hablemos de clase. La candidatura de Trump pareció ser la más larga de todas. En realidad, el Colegio Electoral, por supuesto, lo bendijo. (Véase nuestro editorial en la página 10.) Trump obtuvo votos de aproximadamente una cuarta parte de la población adulta, gracias a una combinación de factores que incluían el racismo, el sexismo, la homofobia, la xenofobia y el antisemitismo. Sin embargo, el mayor motor del voto de Trump fue la ira y el temor de la gente ante sus propias perspectivas económicas.

Hillary Clinton, candidata de las élites que buscaba un tercer mandato para los demócratas, presentó una visión del país en la que, a pesar de los problemas, las cosas son buenas y cada vez mejores. Por el contrario, Trump reconoció la realidad vivida por decenas de millones de personas en precarias dificultades, para quienes la recuperación económica es una broma pesada.

El cambio negativo de Trump fue, sin embargo, culpar a las personas de color, los inmigrantes y musulmanes por la desigualdad e inseguridad causadas por el sistema de lucro, a la vez que se burlaba de las personas con discapacidades y llevaba a cabo una campaña viciosamente misógina contra Clinton.

Fue aterrador ver lo bien que le funcionó esta estrategia, y para algunos fue sorprendente también. ¿Cómo podía tanta gente estar de acuerdo con los prejuicios de Trump? ¿O hacerse de la vista gorda y votar por él de cualquier forma?

La respuesta, en gran parte, es la falta de conciencia de clase. Lo que la clase obrera tiene en común la explotación de su trabajo por parte de las corporaciones que evaden impuestoses mucho más profundo que las cuestiones que nos dividen: el color de la piel, el origen nacional, el género, la orientación sexual, el nivel de ingresos, etc. ¡Pero la clase trabajadora de EUA no está acostumbrada a verse a sí misma de esa forma! En última instancia, esto es culpa de la clase dominante, cuyos jefes son muy hábiles para hacer que nos enfrentemos los unos con los otros.

Sin embargo, los líderes laborales que practican el sindicalismo empresarial — que buscan una “asociación” con los empleadores — también tienen mucha responsabilidad. Su lealtad hacia los demócratas, un partido capitalista cuyo trabajo es proteger el poder corporativo, suele ser mucho más fuerte que la que tienen hacia sus miembros y hacia la clase en su conjunto. Ellos están viviendo una fantasía “menos mala” que tratan de vender a sus miembros y al público — pero este año, la gente no se la tragó.

Los demócratas construyeron el camino. Está claro que el populista derechista Trump no ganó las elecciones ni que Clinton las perdió. Y no fue sólo por el sexismo, o por su impopularidad personal, o por el hecho de que los escándalos siguen a los Clinton como el barro sigue a la lluvia. Fue porque después de ocho años de una presidencia demócrata, la gente sigue sufriendo, sigue temerosa ante el futuro y además, aún está relegada.

Esto es tan cierto en el caso de un joven negro en riesgo de ser asesinado por la policía al igual que en el de un propietario de una pequeña empresa que se derrumba bajo el peso de los impuestos, o en el de un antiguo trabajador de la industria del papel que ahora trabaja en Walmart.

Cuando Barack Obama se mudó a la Casa Blanca, los demócratas tenían mayorías en ambas cámaras del Congreso. ¿Qué pasó con la idea del seguro médico universal? ¿Con la Ley de Libre Elección de Empleados, que habría facilitado la sindicalización de los trabajadores? ¿Con el fin de la guerra en el Medio Oriente? ¿Con la equidad salarial para las mujeres? ¿Con el cierre de Guantánamo?

El gobierno de Obama no cumplió con ninguna de esas promesas. En cambio, tenemos guerras aún más grandes, un número récord de deportaciones de inmigrantes, un rescate épico de los banqueros, políticas nocivas para el planeta que favorecen la fractura y la perforación, y 15 millones de niños que viven oficialmente en la pobreza, además de una epidemia de asesinatos policiales. En cuanto a la reforma de salud de Obama, es tan defectuosa que se ha convertido en un blanco fácil para los reaccionarios.

Los demócratas quieren culpar a los republicanos por la falta de progreso para los trabajadores y los pobres al mismo tiempo que la riqueza en los estratos superiores creció en más de 30,000 millones de dólares. Pero, como el presidente Obama replicaría, “Vamos, hombre”. Cuando Trump les preguntó a los votantes, “¿Qué tienes que perder?”, no era una pregunta retórica.

Por una solución global, comenzando en casa. El “trumpismo” no es sólo un fenómeno de Estados Unidos. Los políticos de extrema derecha, como el francés Marine Le Pen, están ganando influencia en todo el mundo. Pero Trump representa una amenaza única debido al poder que los Estados Unidos ejercen en todo el mundo.

Las elecciones estadounidenses reflejan un capitalismo vacilante que se agita violentamente para restaurarse a sí mismo. La solución, al igual que el problema, tiene que ser internacional. Pero no vendrá de la Casa Blanca. Tiene que venir de abajo hacia arriba, de la gente que más necesita el cambio. Estas elecciones no deben ser causa de tenebrismo y perdición. ¡Son una razón para organizarse!

El Partido de Libertad Socialista (FSP) tiene muchas ideas sobre las acciones que podrían llevarse a cabo, las cuales nos gustaría organizar junto con otros activistas de base. Apoyamos el llamado a una protesta masiva y militante el Día de la Inauguración y estaremos presentes. Estamos listos para defender a los refugiados e inmigrantes, musulmanes, mujeres, personas LGBT, judíos y gente de color de los ataques de la derecha. El FSP también piensa que ya es hora de hablar seriamente acerca de la formación de un partido laboral independiente. ¡Los trabajadores necesitan una voz política y un vehículo organizador propio!

Gritemos, clamemos, practiquemos la desobediencia civil o incivil, protestemos en nuestros sindicatos y ante los mismos. Pero seamos prudentes, disciplinados, inclusivos y unidos, y tengamos una pluralidad de causas. Además, esta vez nos debemos proponer seguir hasta el final. ¡Convirtamos la rabia en revolución!

Si te gustan las ideas de este artículo, ponte en contacto con el FSP.

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