Freedom Socialist • Vol. 23, No. 3 • October-December 2002
El Salvador Capítulos de la historia que no se deben olvidar

por Salvador Duarte

Los salvadoreños tenemos la razón y experiencia para oponernos a las guerras, principalmente cuando la intervención foránea fortalece al adversario, aunque en nuestra sociedad se mantengan verdaderos conflictos o luchas de clases como resultado de la injusticia impuesta en todos los niveles de la sociedad civil. Esto no quiere decir que la lucha armada dejó de ser opción en defensa de derechos y libertades.

La guerra civil, 1980-1992. Luchamos contra una oligarquía inhumana, provista de un ejército asesorado y abastecido masivamente por Estados Unidos, que creó escuadrones elites capaces de cometer los peores crímenes contra su mismo pueblo.

Asolaron el campo; borraron del mapa geográfico y físico comunidades enteras; asesinaron hombres, mujeres y niños sólo por el placer de matar. Los asesinados eran civiles de poblados como el Mozote, al oriente del país, donde no dejaron ni perros, quizás por el temor de que atestiguaran en contra de tan terrible crimen.

Y este crimen de guerra, cometido por oficiales entrenados por Estados Unidos, fue negado al mundo por la administración republicana de aquel año, diciembre de 1980.

Un oficial salvadoreño, el coronel Domingo Monterrosa, comandante del batallón Atlacatl, autor del genocidio, declaró: "nosotros no hacemos distinción entre civiles y guerrilleros".

Y en las ciudades los escuadrones de la muerte, cuyas bases estaban en los mismos cuarteles de la república y hasta en la propia asamblea legislativa, asesinaban a los mejores cuadros del movimiento social o los desaparecían y torturaban; aparecían cuerpos horriblemente mutilados de hombres y mujeres en el propio centro de las ciudades; sacaban de sus casas a jóvenes, estudiantes, obreros y campesinos, mujeres u hombres y, sin importar la edad, los asesinaban. En las ciudades la guerra era contra la sociedad civil.

Asesinaron a decenas de sacerdotes incluyendo a un arzobispo, monseñor Oscar Arnulfo Romero. Fueron cientos de profesores los asesinados por los escuadrones de la muerte. En la Universidad Centro Americana (UCA) asesinaron a su rector Ignacio Ellacuria y a ocho jesuitas más, a la cocinera y a su hija, crimen que hasta hoy sigue impune.

Pusieron bombas en locales sindicales, acusando a sus miembros más prominentes de comunistas o colaboradores de la guerrilla. Algunos lograron salir del país, a otros los desaparecieron, muchos fueron presos y torturados sembrando el pánico en las bases, por lo que algunos sindicatos trabajaron en la clandestinidad, o se extinguieron por el vacío en la conducción.

En la Federación Nacional Sindical de Trabajadores Salvadoreños, hicieron estallar una bomba matando a 10 personas y dejando en estado grave a decenas.

Contra los campesinos usaron bombas de 500 libras especialmente en Guazapa y escuadrones especializados entrenados por el extranjero. Se trataba de ahogar un movimiento que aspiraba a cambios en la vida de un pueblo que durante siglos ha sido esclavo de un sistema opresor.

Lo sucedido en El Salvador sucedió en Nicaragua contra el frente Sandinista, en Guatemala contra Arbenz, en la República Dominicana contra Juan Bosh, en Chile contra Salvador Allende, etc., y ya empezamos a verlo contra Hugo Chávez en Venezuela.

Los gobiernos entreguistas como el de El Salvador, no podrían resistirse contra la lucha revolucionaria de los pueblos, si no fuese por el apoyo dado por Washington.

 

Acudimos al pueblo de Estados Unidos. Así las cosas, cualquiera se pregunta: ¿cómo es posible que los pueblos no se revelen y juzguen a sus opresores?

En primer lugar las masas carecen de organización, de perspectiva política, de conciencia social de clase, pero además es muy débil la conducción revolucionaria. Un segundo factor es que los escuadrones de la muerte siempre se mantienen activos y el terror que causaron durante la guerra aún prevalece en muchas personas y organizaciones; limitando el que hacer organizativo. El tercer factor es que luchamos contra el poderío bélico de Estados Unidos.

¿Qué nos queda entonces?

Nos queda el pueblo de EE.UU., ese pueblo que paró la guerra de Vietnam. A ese pueblo acudimos, pedimos su solidaridad y exigimos su enérgica intervención en contra de la asistencia militar que da su país a gobiernos que, como el salvadoreño, siempre la usan contra los pueblos. También demandamos de todas las organizaciones así como del "Acuerdo Internacional de los Trabajadores y los Pueblos" que estén pendientes, porque la opresión en nuestro país llegó ya a límites intolerables.

Más de 20 mil despedidos, autoexilio de millares de trabajadores buscando trabajo, niños sin escuelas, sin medicinas, prostitución infantil, drogadicción en aumento, salario mínimo estático desde hace 5 años, y militarismo: contra eso luchamos y esperamos no hacerlo solos.

Y para quienes dirigen a las AFL-CIO, llegó la hora de definir posiciones: o se está con los trabajadores o se está en su contra. Ya no debe continuar el sometimiento a la política exterior de EE.UU. porque eso significa tragedia para los pueblos de América y del mundo.

Los pueblos seremos libres cuando así lo decidamos.

Salvador Duarte es co-fundador de la Escuela Obrera y Campesina de El Salvador y antiguo Secretario Nacional del Sindicato Nacional de Transporte.

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